Anónimo - El libro egipcio de los muertos

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Anónimo - El libro egipcio de los muertos

Notapor JuanDeLezo » Dom, 20 Nov 2016, 23:10

El libro egipcio de los muertos
Salida del Alma hacia la Luz del Día


Anónimo
Título: El libro egipcio de los muertos
Autor: Anónimo
ISBN: 9788415171270
Año de publicación: 2004
Título original: Salida del Alma hacia la Luz del Día
Colección: Arca de sabiduría
Recomendado por: JuanDeLezo

De todos los pueblos de la antigüedad, ninguno manifestó por el misterio de la muerte un interés tan apasionado y exclusivo como el egipcio. En la actualidad poseemos unos 190 preceptos de los conjuros que los parientes del muerto colocaban en sus tumbas.
Richard Lepsius, en 1842, hizo la primera edición de estas invocaciones mortuorias con el nombre de Libro de los Muertos, que si bien inexacta ha perdurado hasta nuestros días y que hemos decidido mantener por una coherencia con el lector, que de otra manera se vería confundido. El título real de la obra sería: Salida del Alma hacia la Luz del Día, que refleja de forma algo más completa el verdadero sentido de este texto imperecedero.
Versión realizada a través de la revisión de las traducciones anteriores, comparadas con el texto jeroglífico de Wallis Budge. El ordenamiento poético es quizás arbitrario, pero el texto original no tiene ningún tipo de puntuación, tan solo la grave majestuosidad de las aguas del Nilo.

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Re: Anónimo - El libro egipcio de los muertos

Notapor JuanDeLezo » Dom, 20 Nov 2016, 23:14

Hola impenitentes mortales. Porque entended que sois mortales.
Os traigo la maravilla de las maravillas: El libro de Los Muertos; ahí es ná.
Es éste un libro sagrado que no sirve para matar a nadie, ni mucho menos (ya he probado yo con mi suegra y creo que la he revitalizado, snif). Olvidad las tonterías hollywoodenses y prestad atención. Cuando muráis o vuestra Alma parta hacia la Luz del Día, que es lo mismo, tenéis que tener a mano lo que os regalo yo hoy por el bien de vuestra feliz inmortalidad. Así que poned en vuestro testamento que os entierren con el libro electrónico y amenazad que no hereda nadie si no se cumple este requisito. Os hará mucha falta para invocar conjuros que espanten a terribles dioses que esperan devorar vuestra culta Alma Impenitente.

Introducción
De todos los pueblos de la antigüedad, ninguno ha manifestado por el misterio de la muerte un interés tan apasionado y exclusivo como el egipcio. El rito mortuorio, en las primeras épocas privilegio de los reyes o altos funcionarios, pronto se trasladó a todas las capas sociales: todo ser normal ambicionaba poseer las «Palabras de Potencia», las fórmulas para devenir un dios, para sobrevivir en la tumba.
Los parientes del muerto solicitaban a los escribas una selección de conjuros (la más numerosa que poseemos es la del papiro de Turin, de unos ciento sesenta conjuros) que, en forma de rollos, colocaban en su tumba. En la actualidad, poseemos unos 190 fragmentos de dimensiones y valor innegables. Richard Lepsius hizo la primera edición en 1842, con el nombre de Libro de los Muertos, que si bien inexacta (el nombre correcto es Salida del Alma hacia la Luz del Día) ha perdurado hasta nuestros días.
El cuerpo del volumen consiste en un vasto monólogo del difunto, que dirige tanto a sí mismo como a los dioses y entidades del Más Allá. Como en todos los textos de origen oriental, la repetición es una de las claves para la transmisión oral de las ideas. La actitud del recitante (el difunto) es, en general, la de un visionario: las visiones suceden a las visiones, y una cierta incoherencia no está jamás ausente. De las preocupaciones prosaicas (bienes, comida, bebida) se pasa a sublimes elucubraciones sobre la Eternidad y el Absoluto. Algunos pasajes son dramáticos, otros patéticos, pero todos imbuidos de una profunda religiosidad.
En general, todo depende de la sangre fría del espíritu, si no ha sido puro sobre la tierra, puede sin embargo invocar las Palabras de Potencia, llamar a los dioses por su Nombre, penetrar los misterios del Más Allá...
El Antiguo Egipto estaba fascinado por el Misterio de la Muerte. El Universo todo es un gran sarcófago, inmenso, cósmico. En el centro se encuentra Osiris, muerto y momificado, derrotado por las fuerzas del Mal. Sólo los otros dioses actúan, vengan a Osiris, pero son arrastrados por los peligros y a veces mueren. Las diosas viven sollozando y lamentándose. Una atmósfera lúgubre, funeral se extiende sobre toda la vida egipcia.
Las fuerzas del Mal triunfan. Por cierto Isis y Neftis, Hathor y Neith protegen al mundo, pero Isis, la diosa principal, está viuda, y por ende todo iniciado, todo egipcio, está desprotegido, abandonado...
Osiris está muerto, pero Osiris vive. Es el Señor del Amenti, Rey del Mundo Inferior, juez supremo de los muertos. Existe, pero es un fantasma, un fantasma menos real que los muertos mismos. Y en esto consiste el carácter específico, único, del Libro de los Muertos, en esta conciliación singular y suprema de un Osiris a la vez presente y ausente. Es un dios símbolo, sus roles caen sobre los otros dioses: Ra, Tum, Horus... La falta de Osiris transforma a la existencia terrestre en irreal, en un crepúsculo para la vida póstuma, la única auténtica. La tragedia de Osiris baña a todo Egipto de una angustia indecible y, como resultado, tenemos una actitud espiritual única en todos los anales del espíritu humano.
Toda la atención del hombre está sujeta a su vida futura, y son precisamente estos conjuros los que indican el camino a seguir. Todo es caótico allí: el triunfo al lado del terror, de la Barca del Ra a las tinieblas del Duat, de los Campos de los Bienaventurados a la constelación del Anca. Cronológicamente el desarrollo de la «odisea» tras la muerte es el siguiente:
El alma franquea el «Portal de la muerte», emerge en el Más Allá, y es deslumbrada por la «plena luz del día». El corto fragmento, aparentemente mutilado del Conjuro CLVIII nos relata las primeras impresiones. Después de haber recobrado la conciencia, el alma es irresistiblemente atraída hacia el cuerpo que acaba de abandonar: va y viene. Pero las entidades se encargan de guiarla, arrastrándola lejos del sarcófago. Así deberá atravesar una «región de tinieblas», descripta magníficamente en un fragmento realista intercalado en el Conjuro CLXXV, que comienza con estas palabras: «¡Oh Tum! ¿A qué lugar llego ahora?» Desesperación, lamentos y gritos llenan las tinieblas. El camino está obstruido.
La etapa siguiente está constituida por la llegada del difunto ante Osiris, el «Dios-Bueno», el «Dios-del-Corazón-Detenido», el rey del Mundo Inferior. Su morada es el Amenti (País Occidental), el resto del Mundo Inferior es el Duat, región sombría y desolada, que contiene el Lago de Fuego, los Campos de Fuego (el Infierno propiamente dicho) y los demonios.
Una vez ante de Osiris, el difunto glorifica al «Dios-del-Corazón-Detenido». Con los brazos elevados en adoración frente al dios inmóvil, a cuyo lado se encuentran Isis y Neftis, el difunto pronuncia las fórmulas sagradas... A partir de ese momento la Unión mística está hecha: el difunto y Osiris son un solo ser.
En la etapa siguiente, comparece ante el tribunal de justicia presidido, nominalmente, por Osiris, también está presente Maat, la diosa de la justicia, pero no toma parte en el debate. El difunto recita la célebre «Confesión negativa» (Conjuro CXXV). Anubis pesa el corazón del difunto. Si no resiste esta prueba, deberá residir en el Reino de Duat: en caso contrario se transformará en un Espíritu santificado (iakhu).
A partir de ese momento una nueva vida comienza para él. Es libre de todos sus actos, de una libertad absoluta. Puede recorrer a su voluntad el Cielo, la Tierra y el Mundo Inferior, reconfortar a los condenados, visitar los Campos de la Paz y los Campos de los Bienaventurados (el Paraíso), tanto como la Barca de Ra o navegar con Khepra por el Océano celeste. El mismo se ha transformado en un dios...
Está orgulloso, constata que es joven, vigoroso, que desborda vitalidad, en tanto que la mayor parte de los dioses que lo rodean muestran signos de decrepitud. Es por eso que no cesa de proclamarse «el heredero de los dioses». Así se identifica, entonces, con esos dioses: unido a Osiris por su muerte, se transforma en Tum, Ptah, Thoth... Los dioses saludan a su sucesor.
En general, estos dioses son también personificaciones más profundas: la diosa Maat, además de presidir la justicia, es también la noción del orden divino, de Orden en el Caos; la diosa Hathor, Madre del Mundo, representada con una Vaca sagrada, es en sí la naturaleza elemental; en tanto que el dios Kheprapreside el devenir universal...
Los principales diez dioses «antiguos» mencionados en el Libro son: Nu (Nun), el Océano cósmico primordial donde reposan los gérmenes de los mundos por venir; Shu y Tefiiut (el Aire y la Humedad); Keb (Geb), dios de la Tierra; Nut; diosa del Cielo; Tum (Atum), el «único», el «solitario», el dios del sol nocturno. Ra ocupa, entre otras cosas, el lugar de Zeus en la teología griega. Y luego, Ptah, Amón y Khnum, dioses demiurgos.
Así es, brevemente, el «argumento» principal de este «Libro». No hemos querido hacer de este trabajo un manual de erudición, sí hemos querido preservar su valor poético, tan descuidado por las ediciones anteriores. Es por eso que nos limitamos y nos limitaremos, durante todo el texto, a efectuar sólo las aclaraciones que creamos necesarias para la comprensión de la lectura.

La traducción de este volumen fue efectuada revisando las traducciones anteriores y comparándolas con el texto jeroglífico de Wallis Budge. Este texto no tiene ningún tipo de puntuación, tan sólo la grave majestuosidad de las aguas del Nilo. Es quizás una idea arbitraria otorgarle un ordenamiento poético, pero no menos cierto es que una versión «literal» sería imposible, casi diría absurda. La dificultad esencial de la traducción no reside en la literalidad del texto, sino en la comprensión de los sentidos. La traducción de Birch, por ejemplo, es totalmente ininteligible.
Los egipcios pretendían que el «Libro» estaba inspirado por el propio Thoth, y ese este dios quien habla por la boca del difunto (Conjuro I), quien revela la voluntad de los dioses. Así que, inspirado en Thoth, y por la Esfinge, símbolo de lo enigmático, entrego esta versión que, sin sacrificar escrúpulos de orden gramatical, revela por primera vez el gran valor poético del texto.

A. L.


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